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© Alexander Briel

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Sixty years. What next?

60th anniversary of the Rome treaty


Sixty years ago, in Rome, six nations deeply wounded by two world wars made the audacious gamble to move away from confrontation towards the harmony that common industrial and commercial interests would generate. Relying on gradual integration of European societies, it was a step intended to swiftly deliver a political community. Yet, over time, reality showed that political union could not automatically stem from economic integration but rather required the building of a community with a sentiment of shared destiny.


Today, even ridden with crisis, the EU remains one of the greatest ambitions carried by Europeans and the most powerful breath of hope for all those who were living under the oppression of authoritarian regimes. In a continent of bloodied past, it emerges as a pillar of peace and unprecedented cooperation among its peoples. Today, we Europeans can broadly move and live freely throughout the EU; we share resources and devise common rules, through common institutions, and have considerably improved the daily lives of 500 million Europeans; we have welcomed those democracies of Europe’s South, that emancipated from their military dictators, and we reunited a continent once torn apart by the Iron Curtain.


Alas, these achievements cannot hide that over the last years, the crisis threatened social, democratic and economic progress and layd bare the EU’s and its Member States’ inability to offer a viable and cohesive solution. The stubborn insistence on austerity policies, combined with the lack of common instruments and resources, opaque and sometimes dysfunctional institutions progressively damaged social cohesion, worsened inequalities and unemployment, increased public debt in many countries and hollowed out the promise of shared prosperity and solidarity. Even free circulation is now put under threat. Politically weakened, the EU sets itself social and culture targets without all the means to achieve them; fundamental rights are openly questioned by some radical right wing governments with little challenge. And worse, “Europe” is now perceived by a growing number of Europeans as a bureaucratic leviathan trading away the common good for the service of supposedly "undistorted" competition and private interests, unable to deal with obviously common challenges such as migration, security and poverty.


This century’s challenges are global: climate, population displacements, tensions and wars, digital technology, tax evasion, industry, resource preservation, pollution, biodiversity, agriculture, corruption and organised crime have no respect for national borders. Yes, the EU is not perfect. But it’s our best chance to address them.

That is why we are in Rome: to reaffirm that Europe is and remains our common home and to reassert our intention to defend it against the misguided calls of new nationalisms and extremisms.


Europe is our choice. Our duty is to defend it.


Europe’s greatest wealth does not lie in its economic power, but in the value of its women and men. It is not a dead concept, it lives every day through its citizens, workers, students, entrepreneurs. It is for each and every one of them that the European project must provide a reason for defending it.


This means that the EU must be our common framework able to enlarge the scope of rights and freedoms and not restrict them. It means driving green transformation against the backdrop of the threats of climate change and the scarcity of resources, protecting the air we breathe, the food we eat, the water we drink and the health of each of us. It means investing in youth, in education, in new economic activities and quality jobs, moving beyond the dependence on fossil fuels and the polluting legacies of the past. It means betting on a real EU budget to build solidarity, redefine welfare and fight exclusion and poverty. It means helping people escaping from war and misery, both those reaching our shores and those remaining far from us. It means bringing back the ambition to fight corruption, bad governance and weakening of the rule of law and stop seeking competitiveness through
deregulation.

And it means a new impetus for an “ever closer Union” echoing the hopes of 60 years ago.
The EU must become an effective multi-level democracy, freed from the rule of unanimity and of mutual vetoes. The succession of intergovernmental treaties and their amendments will not suffice. The EU will need a real Constitutional process organising the separation of powers, the consolidation of fundamental rights and freedoms and laying down the objectives of the Union within and outside its borders.
From Rome, Greens pledge to be an active part of a large alliance between civil society, trade unions, social movements and progressive political forces to lead towards a renewed pact for a EU wide democracy, which for us is a shared project and horizon; a community of values, an indispensable tool to build a just society.


Sixty years later, this is not just the time for commemoration, much less for nostalgia. It is more than ever the time to write together a new chapter of our common history, more cohesive and more sustainable.

Sesenta años de proyecto europeo ¿Y ahora qué?

Aniversario de la firma del tratado de Roma


Hace sesenta años, en Roma, seis naciones profundamente heridas por dos guerras mundiales apostaron por huir de la confrontación hacia la armonía que los intereses industriales y comerciales comunes podrían generar. A través de una integración gradual de las sociedades europeas, fue un paso destinado a conformar rápidamente una comunidad política. Aun así, con el tiempo, la realidad mostró que la unión política no podía realizarse automáticamente con la integración económica, sino que requería de la construcción de un verdadero proceso político.

Hoy, aun haciendo frente a la crisis y a pesar de que la austeridad y los retrocesos democráticos han dañado seriamente el proyecto, la Unión Europea permanece como una de las más grandes ambiciones llevadas a cabo por los europeos y europeas. Significa un auténtico aliento de esperanza para todos los que estuvieron y siguen viviendo bajo la opresión de los regímenes autoritarios o en regiones empobrecidas. En un continente de pasado sangriento, el proyecto de integración, con sus altibajos, sigue constituyendo un pilar de paz y cooperación sin precedentes entre sus pueblos. Hoy, nosotros y nosotras las europeas, podemos generalmente movernos y vivir libremente por toda la Unión Europea; compartimos recursos e ideamos reglas comunes, a través de instituciones comunes, y eso ha contribuido a mejorar considerablemente la vida diaria de 500 millones de europeos y europeas; hemos dado la bienvenida a las democracias del sur, emancipadas de sus dictadores militares y hemos reunido un continente con el corazón rasgado por el Telón de Acero.

Por desgracia, estos logros no pueden ocultar que estos últimos años, la crisis amenazó muchos progresos sociales, democráticos y económicos y puso al descubierto la inhabilidad de la Unión Europea y sus Estados Miembros para ofrecer soluciones viables y compartidas. La insistencia obstinada en las políticas de austeridad, combinada con la falta de instrumentos y recursos comunes, así como procesos institucionales disfuncionales, dañaron progresivamente la cohesión y la promesa de solidaridad y prosperidad compartida, empeoraron las desigualdades y el desempleo, y generaron una deuda insostenible en muchos países como es el caso de España. Incluso la libre circulación de personas se está viendo ahora amenazada. Políticamente debilitada, la UE establece por sí misma sus objetivos sociales y culturales sin los medios necesarios para conseguirlos; los derechos fundamentales están abiertamente cuestionados por algunos gobiernos ultraconservadores y de extrema derecha. Y peor, “Europa” es ahora percibida por un creciente número de europeos como una máquina burocrática que pone el bien común al servicio de intereses privados y de una competencia supuestamente intocable, incapaz de abordar adecuadamente los problemas comunes como la migración, la seguridad y la pobreza.

Asimismo, el establecimiento de una dinámica entre acreedores y deudores fruto de una zona euro mal diseñada y que requiere de urgentes reformas, origen de unos rescates que pusieron en grave riesgo los derechos y democracias de los europeos víctimas de las políticas de la Troika, es un capítulo que el proyecto europeo debe urgentemente dejar atrás.

Los retos de este siglo son globales: el clima, las migraciones, las tensiones y guerras, la tecnología digital, la evasión fiscal, la industria, la preservación de recursos, la contaminación, la biodiversidad, la agricultura, la corrupción y el crimen organizado no respetan las fronteras nacionales. Sí, la Unión Europea no es perfecta. Al igual que no lo es ningún Estado Miembro. Pero sigue siendo sin embargo nuestra mejor oportunidad para alcanzar la paz y solidaridad, defender las conquistas sociales de la post-guerra y proyectarnos en el futuro.

La construcción de una Europa justa y democrática es nuestra elección. Nuestro deber es defenderla del repliegue nacionalista y de la extrema derecha. Nuestra voluntad es reafirmar su vigencia como hogar común y abierto. Nuestro objetivo es transformarla en estandarte único de tolerancia, integración, sostenibilidad y justicia social.

La mayor riqueza de Europa no yace en su poder económico, sino en el trabajo y valor de sus mujeres y hombres. Vive cada día a través de sus ciudadanos, trabajadores, estudiantes, emprendedores. Es para todos y cada uno de ellos que el proyecto europeo debe proveer razones para ser defendido.

La Unión Europea debe ser nuestro marco común capaz de agrandar el alcance de los derechos y libertades. Llevemos a cabo la transición ecológica contra las amenazas del cambio climático y la escasez de recursos, protegiendo el aire que respiramos, la comida que comemos, el agua que bebemos y la salud de cada uno de nosotros y nosotras. Invirtamos en la juventud, en educación, en nuevas actividades económicas y empleos de calidad, saliendo de la dependencia de las energías sucias y contaminantes. Peleemos por un presupuesto europeo real para construir solidaridad, redefinir el bienestar y luchar contra la exclusión y la pobreza. Ayudemos a la gente que huye de la guerra y la miseria, y llegan a nuestras costas. Recuperemos la ambición en la lucha contra la corrupción, el mal gobierno y la debilidad de la ley, así como buscando la cooperación frente a la competencia y desregulación.

Y significa un nuevo ímpetu per una “Europa aún más unida”, resonando las esperanzas de hace 60 años. La UE debe ser transformada para convertirse en una efectiva democracia multinivel, liberada de la regla de la unanimidad y de los vetos mutuos. La sucesión de tratados intergubernamentales y sus enmiendas no será suficiente. ¿Por qué no apostaríamos por un verdadero proceso constituyente europeo que organice la separación de poderes, consolide las libertades y derechos fundamentales, deje atrás los inefables años de la Troika y establezca los objetivos de la Unión dentro y fuera de sus fronteras?

Los Verdes europeos nos comprometemos a ser parte activa en una gran alianza entre los actores del cambio, los movimientos sociales y las fuerzas demócratas y progresistas para liderar un contrato social renovado para una mayor democracia en la UE. Para nosotros es un proyecto y horizonte compartido y debe convertirse en una herramienta indispensable para construir una sociedad justa y ecológica.

Sesenta años después, no es el momento de conmemoraciones, mucho menos de nostalgias. Es, más que nunca, el momento de dejar atrás los años oscuros de la austeridad y los retrocesos democráticos y escribir juntos un nuevo capítulo para nuestra historia común, más cohesionada y más sostenible.

Sessant’anni: e poi?

Anniversario della firma del Trattato di Roma


Sessant’anni fa, a Roma, sei nazioni profondamente ferite da due guerre mondiali hanno fatto la scommessa audace di abbandonare i conflitti  per percorrere la strada dell’armonia che la messa in comune di interessi industriali e commerciali poteva creare. Confidando nella progressiva integrazione delle società europee, è stato un passo inteso a raggiungere rapidamente un’integrazione anche politica. Ma la realtà ha dimostrato che l'unione politica non poteva derivare automaticamente dall’integrazione economica, perché richiedeva la volontà di condividere un destino comune.

Oggi, anche se attraversata da una grave crisi, l'UE rimane uno dei progetti più ambiziosi tentati dagli europei; ha rappresentato e ancora rappresenta una speranza per tutti coloro che vivevano e vivono sotto il giogo di regimi autoritari. In un continente con una storia di conflitti e guerre, questi sessant’anni sono stati un periodo di pace e di cooperazione senza precedenti. Oggi, noi europei possiamo muoverci e vivere per lo più liberamente in tutta l'UE; condividiamo risorse e applichiamo regole decise attraverso istituzioni comuni, che hanno dato negli anni  un notevole contributo al miglioramento della vita quotidiana di 500 milioni di europei; abbiamo accolto le democrazie del Sud dell'Europa, appena uscite da lunghe dittature militari, e abbiamo riunito un continente un tempo lacerato dalla Cortina di ferro.

Purtroppo, questi risultati importanti non possono farci dimenticare che la crisi rappresenta ancora oggi  una minaccia seria per il sistema sociale, democratico ed economico europeo e mette a nudo l'incapacità dei governi nazionali e delle istituzioni comunitarie di offrire soluzioni praticabili e comuni. L'ostinata insistenza su politiche di austerità, la mancanza cronica di strumenti e risorse comuni, il funzionamento opaco e inefficace delle istituzioni hanno indebolito la coesione sociale, aggravato le disuguaglianze e la disoccupazione, contribuito all’aumento del debito pubblico in molti paesi e svuotato di contenuto la promessa di prosperità condivisa e di solidarietà. Anche la libera circolazione è ora messa in pericolo. Politicamente indebolita, l'UE si è posta obiettivi senza darsi i mezzi per raggiungerli; diritti e libertà fondamentali sono apertamente messi in discussione da alcuni governi radicali di destra, quasi senza opposizione. E quello che è peggio è che l’ “Europa” è percepita da un numero crescente di europei come un colosso burocratico che svende il bene comune per mettersi al servizio di interessi privati, incapace di affrontare problemi comuni quali la migrazione, la sicurezza e lotta alla povertà e alla disoccupazione.


Le sfide di questo secolo sono globali: clima, spostamenti di popolazioni, conflitti e guerre, una evoluzione tecnologica tumultuosa , evasione fiscale, produzione industriale, conservazione delle risorse, inquinamento, biodiversità, agricoltura, corruzione e criminalità organizzata non hanno alcun rispetto per i confini nazionali. Sì, l'UE non è perfetta. Ma è la nostra migliore arma per affrontarle.


 Abbiamo scelto di essere europei. L’Europa è e rimane la nostra casa comune e vogliamo difenderla contro nuovi nazionalismi ed estremismi. È per questo che siamo a Roma.

La più grande ricchezza dell'Europa non sta nel suo potere economico, ma nel valore dei suoi uomini e delle sue donne. Questo non è un concetto morto, vive ogni giorno attraverso i suoi cittadini, i lavoratori, gli studenti, gli imprenditori. È per ognuno di loro che il progetto europeo deve contare ed essere difeso.

Ciò significa che l'UE deve essere il nostro quadro comune in grado di ampliare la portata dei diritti e delle libertà, non di limitarli. Significa guidare la trasformazione verde, sullo sfondo delle minacce del cambiamento climatico e della scarsità di risorse, proteggendo l'aria che respiriamo, il cibo che mangiamo, l'acqua che beviamo e la salute di ognuno di noi. Significa investire nei giovani, nella formazione, in nuove attività economiche e posti di lavoro di qualità, superando la dipendenza dai combustibili fossili e le eredità inquinanti del passato. Significa scommettere su un bilancio UE dalle risorse adeguate per costruire solidarietà, ridefinire il benessere e lottare contro l'esclusione sociale e la povertà. Significa aiutare chi fugge da guerre e  miseria, sia che raggiunga le nostre coste che resti fisicamente lontano da noi. Significa rimettere al centro l'ambizione di combattere la corruzione, il malgoverno e l'indebolimento dello stato di diritto e smettere di cercare competitività e crescita attraverso la deregolamentazione.

Significa anche ricominciare a spingere per una "Unione sempre più stretta", come scritto nei trattati 60 anni fa.


L'UE deve diventare una efficace democrazia multilivello, liberata dalla regola dell'unanimità e da veti reciproci. Non sarà sufficiente un susseguirsi di trattati intergovernativi e dei loro emendamenti. L'UE avrà bisogno di un vero e proprio processo costituzionale che organizzi la separazione dei poteri, consolidi i diritti e le libertà fondamentali e fissi gli obiettivi dell'Unione dentro e fuori i propri confini.
Da Roma, i Verdi si impegnano a essere parte attiva di una grande alleanza tra la società civile, i sindacati, i movimenti sociali e le forze politiche progressiste che costruisca un patto rinnovato per una democrazia europea: questo è il nostro progetto;  una comunità di valori, uno strumento indispensabile per costruire una società giusta.

 

Sessant’anni dopo, questo non è solo il momento di commemorazioni, né tantomeno di nostalgia. Più che mai è il momento di scrivere insieme un nuovo capitolo della nostra storia comune, più ambizioso e più sostenibile.


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